Lo siento, Rudolph

Lo siento, Rudolph

¿Se puede pasar del 27 de octubre al 5 de noviembre alegremente?

Se puede, voy a hacerlo, que no estaba pidiendo permiso 😀

A ver, el día 5 fue largo largo largo y no siempre agradable, así que ya preveo que con esta entrada voy a aburrir hasta a las piedras, y eso que no tienen nada mejor que hacer…

Me levanté ilusionada, por primera vez en este curso tenía planes con la gente de mi clase, y no iba a dejar que las cuevas me privaran de la oportunidad de hacer algo que estaba segura que no volveré a hacer hasta que me convierta en una especie de Carmen Lomana (poquito a poco, aún no estoy preparada para ser rubia). Habíamos quedado a las 12 en Majorstuen para coger un bus y  pasar el día en Frongnerseteren, un bosque en la colina de Holmenkollen (¿no me merezco algún premio por recordar estos nombres?) y allí estábamos todos a esa hora, preparados y puntuales (es que la única española soy yo, y me gusta ser la excepción que confirma la regla de la impuntualidad…)

Hacía un día espléndido y soleado y no excesivamente frío (creo que no bajamos de los -2ºC) así que el autobús iba lleno de gente dispuesta a pasar un agradable día de montaña. Y cuando digo lleno, quiero decir lleno, ese momento tetris en el que tu cabeza se encaja entre el hombro de un señor alto y el gorro de una señora rubia y da igual cuán fuerte frene la señora autobusista que es imposible notarlo o moverse. Afortunadamante, la gente iba bajándose en cada parada superfantástica-chachiguay-fairytale-Pradollano. Me apunto vivir en una de estas casas cómo otra de las cosas a hacer en un futuro de señora rubia pija, aunque me dijo mi compi noruega que por un milloncillo de euros ya hay algunas…pues nada, a ir ahorrando, que ya se cual quiero que sea mi residencia de primavera (todo el año no, que mi vena cosmopolita se deprime).

Yo iba en el autobús sentada con Jenny, comentando lo mágico de las casitas (mansiones) perdidas en el bosque con los tejados cubiertos de hierba, y de la suerte de contar con un día tan  bueno y…la oí gritar.

Entonces lo sentí.

Crash.

Una umbría permanente domina parte de la carretera, el hielo cubre las curvas y rasantes en nuestro camino, un coche pierde el control.

Crash.

Volví a oír gritos, abrí los ojos, todo pasaba a cámara rápida: la gente bajaba del autobús, nerviosos, asustados, comprobando que todos estabámos bien, todos se unían al tumulto, al alivio colectivo, respirando miedo pero exhalando paz. Jenny y yo seguíamos mirando por la ventana. La cámara se ralentiza otra vez. Alguien no había tenido tanta suerte. A nuestra izquierda, el coche se hallaba fuera de la carretera, destrozado. Y de nuevo, a cámara rápida, Jenny saca su teléfono, sale corriendo, marca el número oportuno y cuenta los detalles. La ambulancia está en camino, está hecho todo lo que se puede hacer. Mientras tanto, todo a cámara rápida en mi mente, Muharrem y Rasmus han ido hasta el coche, han ayudado a salir al hombre atrapado en el interior del amasijo de hierros, llega la policía, proporcionando calor y seguridad al cuerpo tendido en el suelo, empiezan a hacer preguntas: What happened? Are you ok? Everybody is fine? Somene saw what happened?

No, no lo se. Yo no lo se. No vi nada. Sólo la oí gritar.

Ahora le oigo a él. El conductor del coche, tendido en el suelo. Sus gritos son fuertes, desesperados, llenos de miedo, confusión y dolor, sobretodo dolor. Un grito lacerante que traspasa los oídos y toca más adentro, recordando lo frágil que es nuestra integridad, creando pensamientos oscuros, egoístas: cualquier día, cualquiera de nosotros, podría ser el que está ahí.

Miro a los demás y sus caras reflejan que no soy la única que siente así. No lo puedo evitar, una estúpida y rebelde lágrima recorre mi mejilla…al mismo tiempo, gotas de sangre recorren mis rodillas…Los gritos ajenos dolían lo suficiente como para evitar que notara el propio e insignificante dolor.

Rasmus se acerca, nos cuenta que todo irá bien, el hombre se ha roto algunos huesos, pero sobrevirá, que sólo tenemos que esperar a que el helicóptero venga a buscarlo…Aaaaah…un suspiro recorre todas las gargantas, acompañado de algunas sonrisas. El momento terrible ha terminado.

Un bombero o similar se acerca para preguntarnos de dónde somos, qué hacemos, bla bla…y decide hundirnos la moral terriblemente indicándonos dónde podemos ir a hablar (una especie de servicio psicológico) si necesitamos desahogarnos, hablar con alguien, porque él entiende que esto ha sido horrible y nos puede afectar teniendo en cuenta que  «estamos lejos de casa, lejos de la familia y de los amigos». Gracias majo, no se me había ocurrido, pero ahora ya nos sentimos mejor.

Come on, ¡el día sigue! Subimos al otro autobús (ostia, ahora sí que se nota el dolor de la rodilla) que nos lleva a nuestra parada: descubrimos que estaba a unos 300 metros más allá del lugar del accidente…ya podriamos haber ido andandito, ya…Hasta las 16.00 no teníamos nada que hacer, así que decidimos hacer alguna de las rutas de senderismo de los alrededores. Según el mapa parecía una cosa fácil: si sigues los árboles pintados de azul haces la ruta azul, si sigues los rojos, haces a ruta roja, si sigues los amarillos, ruta amarilla. Buah, elemental, esto me lo aprendí yo en Barrio Sésamo, venga, hagamos la azul que parece cortita (mi rodilla sigue diciendo «ay, ay, ay» cada vez que intento doblarla. Mi forma de caminar se le parece a la de un pirata con pata de palo). Pues no era tan elemental, oye…después de varias vueltas y veinticatorce resbalones (es lo que tiene irse de senderismo sobre rocas heladas), no supimos por dónde seguir. Decisión que parecía más inteligente teniendo en cuenta que a las 16.00 empieza a anochecer: volver. Venga, pues volvamos, las piedras heladas cuesta arriba suena como un plan genial.  Hago un inciso para meter alguna fotito del camino, incluyendo un lago totalmente congelado. Uff. Noviembre.

Plof. Sí, me caí…si es que yo soy una de esas personas a las que le gusta caerse, ponerme un camino helado delante ya es ir provocando…Creo que no me hice mucho daño, un par de moretones tal vez, pero nada grave a lo que una pupas como yo no esté acostumbrada. Y un dolor tonto de espalda que se hace más fuerte a la hora de dormir, pero también en fase de superación.

Después de n vueltas pasando por todos los colores posibles de árboles (efectivamente, seguir los colores no era tan sencillo, por muchos capítulos de Barrio Sésamo que te tragaras) encontramos la vuelta con alegría, y todo hay que decirlo, de casualidad. Estúpidas rutas que se mezclan…Yo soy partidaria de preguntarle a la gente cuando me pierdo, pero cuando no hay gente el plan pierde parte de su gracia.

Una vez de vuelta a la civilización (luz del sol, te adoramos) cogimos el autobús hacia nuestro restaurante. Yeaaah. Esa noche tocaba cenar en el Holmenkollen restaurant, probablemente el lugar más pijo y caro en el que haya comido nunca. Pinchad en el nombre y sentid la envidia 😀

A los que os estéis preguntando que hacía yo en uno de esos sitios cuando siempre me estoy quejando de que me faltan las coronas, aclararé que la escuela pagaba. Hay un dinerillo destinado a los DILLers para que hagan una cena, y aunque yo no soy DILLer contaron conmigo para el banquete. Banquete es una palabra exagerada. Los platos eran más bien tipo tapa grande. Y sería más correcto decir el plato, porque las 295 kr  por cabeza daban para pagar un plato único y con agua del grifo. Casi 40 euros por dos bocaditos. Eso sí, las vistas, espectaculares.


Bueno, no parecen tan pequeños…sólo si nos fijamos en que están levantados y que debajo está el acompañamiento que es una especia de nido hueco hecho a base de…a base de algo, no fuimos capaz de decidir qué era eso. Mi plato es el de la carne rojiza sanguinolenta (Reno. Rudolph. Papa Noel va a castigarme duramente este año…). Lleva cierta salsa a base de un tipo de champiñón super exclusivo, osea…Yo diría que sabía a seta de álamo común, pero claro, eso no sería tan super exclusivo.  Mea culpa, mi paladar no está hecho a los sabores de la alta cocina…

Con el estómago lleno (jiji) volvimos a la ciudad: la gente se fue a comprar la cena. Yo me fui a casa a descansar porque realmente lo necesitaba, me dolía la rodilla, estaba cansada de todo el día…Cuando llegué Agnija y Miguel me dijeron «¿te vienes de fiesta en 15 minutos?»  Y yo dije «Vale».  Siempre he sido una persona coherente y consecuente con mis ideas, lo sé, no hace falta que me lo digáis 😀

Sin embargo, después de arreglarme a velocidad de vértigo e improvisar una cena que no tuve tiempo de comer,  cuando llegué abajo me sorprendieron con la maravillosa noticia de que la fiesta era en otra residencia en la otra punta de la ciudad. Ah, qué bien. Vamos a un cumple de una desconocida, que vive a unos 2435 «ays» (sonido que emitia mi cerebro a cada paso) de aquí. Pues casi que me quedo. Jeanett y Miguel pensaron lo mismo así que, armados con una pizza, una botellita de vodka y una baraja de cartas, llamamos a Natalie y dejamos que la fiesta viniera a nosotros. Agnija volvió pronto del cumpleaños depsués de haberse cargado la electricidad de la residencia con un palo de billar (uhm, yo tampoco me hubiera quedado) y completamos la noche de cartas y conversaciones con el juego del psiquiatra (pobre Jeanett, a la que le tocó adivinar cuál era nuestra enfermedad 😀 ) y el de cruzar la frontera…

Lo pasé tremendamente bien en la cocina, jugando y hablando. Oh, no. ¿Será que me estoy haciendo mayor? Ah, no, que llevo disfrutando con esto desde la postadolescencia…Ah, vale, me había asustado…Uff.

Perdonad, hoy sí que me he pasado de largo…siempre podéis leer la mitad o mejor, leerlo a plazos, que puede que esté unos días sin escribir (proyectos urgentes a la vista).

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4 comentarios sobre “Lo siento, Rudolph

  1. Nieves!!
    nena a ti te pasa de todo allá donde vayas…
    me alegro de que estés bien y de que todo quedara en un susto.
    Besos desde Granada!!

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  2. Menos mal que fue solo un susto lo del bus y lo de la caída…si te sirve de consuelo a mí la gravedad también me atrae mucho, tropiezo con una frecuencia asombrosa, aunque sigue siendo menor que la de los chispazos que me dan las sillas de la cocina. Por cierto, ¿qué tal sabe el reno?

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  3. Si, yo lo tuve que leer a plazos, si…
    Espero que esté mejor la rodilla, y que despues de este buen susto, que son cosas que se te quedan en el recuerdo, no te de miedo coger buses. ¿cómo tienes entonces la rodilla? tengo ganas de darte un abrazo ya Nieves. Menos mal que ya no queda tanto…
    un besote!!

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