Día 1. El bálsamo del tigre

Día 1. El bálsamo del tigre

El primer día, y tras un exótico desayuno consistente en café y tostadas con mermelada escocesa, nos fuimos en bus a Haw Par Villa. Por cierto, minipunto para los singapurienses en tema transporte: las líneas de autobús y metro conectan prácticamente toda la ciudad y es limpio, barato y eficiente. Con lo de limpio no me refiero precisamente a bueno para el medio ambiente sino a que brilla como si de un anuncio de limpia-cocinas se tratara.

Supongo que esto tiene algo que ver con que si bebes en el transporte, multa; si comes, multa; si corres, multa; si traes animales, multa; fruta apestosa, multa,….bueno, ya vais pillando la idea, ¿no?. Lo de la fruta no me lo estoy inventando aunque lo parezca, llevar Durians está prohibido en el transporte público porque el olor es tirando a desagradabilillo, o en palabras de Fergus que lo probó ya azucarado y en formato helado, tira más bien a vómito de avestruz sobre comida podrida. Me niego a preguntarle como lo sabe, hay veces que la ignorancia es una bendición. Lo gracioso es que hay gente que le gusta, de la misma manera que a alguna gente le gusta beber ceniceros (léase beber whisky Laphroaig).

En fin, volviendo al tema que me lio. Cogimos el bus hace más de un párrafo hacia Haw Par Villa, que es un parque creado por los inventores y distribuidores del «Bálsamo del Tigre», que yo estoy segura que he usado alguna vez en España. Pues resulta que fue creado por dos hermanos, uno con vistas de negocio y otro con un gran corazón (y espero que alguno tambien tuviera un mínimo de conocimientos médicos para crear el bálsamo y tal…). El hermano amable insistió en que el bálsamo siempre tenía que mantener un precio que lo hiciese asequible a cualquier clase social, así que se hizo tan popular entre ricos y pobres que no daban abasto con los pedidos y se hicieron de oro (no literalmente, claro). Cuando uno de los hermanos murió, el otro construyó este parque en su honor.

¿A alguien más le suena familiar?

De lejos parece que son figurinas hechas por un hipster con FIMO para vender en un mercadillo solidario, pero una vez que entras te das cuenta de que las coloridas estatuas siguen un hilo conductor, representando los valores e historias del hinduismo a través de personajes tan curiosos como Varaha o el Rey Mono, y que cuenta con zonas tan instructivas como los diez reinos del infierno. Esta es una de mis partes favoritas ya que aprendí cosas tan fascinantes como que violar y decir palabrotas son crímenes perfectamente equiparables que te llevan a no recuerdo qué nivel del inframundo a que te sierren (¿se dice así? no es un verbo que utilice mucho para vuestra tranquilidad…); bueno, a que te rajen desde la cabeza hasta la curcusilla (coxis pa’ los más finos) con una sierra dentada, así se entiende seguro. Y cuidado con copiar en los examenes porque eso te lleva directamente al nivel 9 donde no recuerdo exactamente qué te hacian pero ya os digo yo que no era una manicura, ya que los castigos habituales van más en la línea de atarte a una cama con púas, lanzarte a una piscina de aceite hirviendo, empujarte colina abajo enganchado a un pedrusco gigante o desmembrarte y esas cosas. Todo esto está (muy) vívidamente representado en las esculturas para que no tengas que hacer demasido esfuerzo con la imaginación. Lo cual se agradece porque después de dos horas al sol el cerebro estaba frito como una corteza de cerdo. Y hablando de cortezas de cerdo…que hambre llevábamos ya. Así a lo tonto, viendo torturas industriales nos habían llegado las 4 de la tarde, que ya comimos lo primero que pillamos en los alrededores (al ser domingo no había mucho para elegir…): una pseudohamburguesa con huevo y un croissant con una salchicha insertada.

Después de eso nos pasamos la tarde vagueando, piscieneando, y recuperandonos del jet lag que en verdad no era para tanto. Yo cambié la hora en cuanto subí al avión y creo que eso ayudó bastante. Eso, e imaginarme que el desayuno que nos sirvieron en el avión era en realidad la comida del mediodía, lo cual no es tan difícil si te sirven tortilla con bacon.

Esa noche cenamos en un restaurante dentro de un centro comercial. Pequeño inciso (sí, otra vez me voy a ir por las ramas): si alguien me pregunta que es lo mas típico de Singapur diría que son los centros comerciales junto con los rascacielos bancarios. Toda la ciudad parece estar interconectada por un inmenso laberinto de  escaleras mecánicas, tiendas, tiendas y más tiendas y aún más tiendas. Ha habido un par de veces en las que me he encontrado perdida, frustrada y desesperada por no ser capaz de encontrar una salida, a punto de asumir que tendría que empezar una nueva vida ahí dentro porque no había forma de escapar del centro comercial (¿Drama queen, yo? ¿exagerada? ¡nunca!)

En fin, volviendo a donde lo dejé hace años luz, cenamos dentro de un centro comercial, en un restaurante especializado en hamburguesas vegetarianas, el nomVnom. Que puede no sonar muy interesante pero la cosa cambia si digo que me comí una haburguesa de tempeh (no, no sé lo que es), con una bebida de pera y aloe vera, unas jap fritas (tampoco), con mayonesa de sésamo y un rollito vietnamita de yam (¿hace falta que lo aclare? Tampoco, ni idea. Estaba todo bueno que es lo que cuenta).

Ya con el estómago (bien) lleno fuimos a por nuestro momento más turístico del día: un crucerito en un bumboat. Es el nombre de los barcos típicos, que son largos y un poco planos con ojos pintados en la proa. O la popa. Yo que sé, en el lado que va p’alante, dónde si no van a ir los ojos? La superstición es que con los ojos pintados los barcos van más alerta y por tanto más seguros. A mí personalmente me preocupa un poco que despositen su confianza en los ojos que van pintados en la madera en vez de en los suyos propios…

El barquito nos llevó hasta el centro de Marina Bay, una bahía construida artificialmente, a disfrutar de un espectáculo de luces y sonido con todo el centro financiero de Singapur de fondo.

Singapur tiene dos caras: una de barrios tradicionales, multiculturales, con una identidad única muy marcada y una autenticidad perfectamente conservada y no extremadamente manchada por el turismo, y otra cara que es el epítome de «lo más»: lo más rico, lo más grande, lo más magnifico e impresionante. Una cara que busca intimidar, mostrar al mundo «mira cuánto dinero tenemos y mira con que ostentosidad vamos a usarlo». La vista desde el barco incluye enormes rascacielos (en uno de esos cabe 300 veces la población de Las Peñas), un centro comercial con Gucci, Louis Vuitton, etc., y el Skypark, un hotel coronado por una banana/ casino donde probablemente haya gente jugandose alegremente mi salario de tres meses en un «todo al rojo».

Tras bajarnos del barquito un pelín asqueados de tanto capitalismo salvaje y desigualdades extremas, nos doblamos la conciencia en el bolsillo como buenos turistas y nos tomamos un helado de nuez en Clarke Quay (que al parecer se pronuncia ¡Clark Ki! ¿entonces para qué tantas letras?) antes de irnos tranquilamente a casita a dormir (obviamente es un decir, «casita» nos pillaba más bien lejos para hacer noche…), poniendo fin a nuestro primer día al otro lado del globo.

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