Día 2. La ciudad del León

Día 2. La ciudad del León

Tras otro super exótico desayuno de café y tostadas, empezamos nuestro día en el metro para no variar (yo diría que en total es el sitio donde hemos pasado más tiempo en esta semana). Dirección: Chinatown, que como su propio nombre indica es una ciudad chica y china, pero en Singapur.

Creo que aquí deberia explicar una cosa curiosa (al menos para mí, y aquí tengo yo el mando): la identidad singapuriense es un concepto muy reciente, ya que durante siglos Singapur ha sido y es un puerto de comercio, primero de bienes y ahora de turistas y dinero. En ella se han establecido visitantes y comerciantes de muchos otros puntos del continente (y de fuera de él), por lo que la sociedad singapuriense es una amalgama de pueblos, culturas, lenguas y religiones. Aunque en nuestro día a día allí yo siempre he tenido sensación de homogeneidad, de integración e interacción entre todas ellas, lo cierto es que la ciudad fue dividida por un tal Raffles (un antiguo gobernador, si queréis más info ahí esta Google o DuckDuckGo) en barrios con una determinada población asignada: chinos  en Chinatown, indios en Little India (quién lo hubiera imaginado) y malayos en Kampong Glam. Vamos, lo que vienen a ser guettos de toda la vida, pero estructurados desde el gobierno en vez de naturalmente formados a raíz del racismo y la alienación del que es diferente. Y lo dicho, parece que funciona mejor porque como iba diciendo hace un parrafazo, fuimos a Chinatown y la sensación de integración era plena: a pesar de tratarse de un barrio claramente chino – la arquitectura, el comercio, la lengua de las señales y carteles, las tiendas de medicina tradicional china con escaparates propios del callejon Diagon (guiño para frikis), los rasgos de la población, etc. -, se puede encontrar en la misma calle una mezquita, un templo indio y un templo budista. Y para rematar el argumento, en nuestra primera incursión por el barrio nos dimos de bruces con un hawkers centre que no solo servía comida china (aunque era mayoritaria) sino que también tenía puestos de comida musulmana o malaya.

Oh oh…estoy viendo que me voy a enrollar otra vez (otra vez, como si hubiera parado en algún momento). Pero es que tengo que explicar el concepto de Hawker Centre, que literalmente se traduce como centro de vendedores ambulantes, más o menos. Y bueno, dicho eso tampoco hace falta explicar mucho más: son espacios semiabiertos (normalmente hay carpas sin paredes) con muchos muchos muchos puestecitos de comida y bebida (¡hay zumos de todos los colores del arco iris y más!) super baratos, especialmente en términos singapurienses, donde los restaurantes no son precisamente de menú del día a 8 euros. Sin embargo, en los hawkers, un plataco enorme con un smoothie tropical te cuesta cuatro perras (o si alguien va buscando info un pelín más exacta, entre 2 y 6 euros). Esa mañana pasamos del Hawker porque acababamos de desayunar pero el resto del viaje nos han hecho el apaño pero que muy bien…

Después de un paseito por el barrio con la mandíbula colgando (yo nunca habia salido antes de Europa y me flipaba todo), entramos en un templo hindú, llamado…moment, voy a consultar el nombre en San Google que ahora mismo a bote pronto no me sale…Ah, sí, ése, el Sri Mariamman. Cómo he podido olvidarlo…

Lo primero que teníamos que hacer al entrar era quitarnos los zapatos y quemarnos las plantas de los pies en el pavimento ardiente (¡benditos mis calcetines regordetes de algodón, protegiéndome del fuego y la suciedad del suelo!) y enfundarnos en un sarong (que viene a ser un trapo grande). En muchos templos el sarong es solo para las mujeres, porque al parecer nuestras rodillas son más ofensivas para los señores dioses. Con lo depiladitas y torneadas que las llevaba yo ese día, jo. Al parecer en este templo a veces celebran algo (no me quedó muy claro el qué) a base de caminar sobre ascuas, y nunca he sido mas feliz de pertenecer a una cultura que celebra las cosas con champán, tarta y confettis. Aunque en verdad lo de las ascuas tampoco debe ser muy diferente a caminar descalzo por ese suelo infernal…

El templo era muy diferente a cualquier otro que haya visitado antes: un edificio semiabierto cubierto de esculturas de colorines. Si no os ha quedado claro a pesar de mi madura y elegante descripción, abajo hay fotos, en caso de que se me haya escapado algún detalle.

Lo más gracioso es que nosotros íbamos buscando un templo budista pero Google nos trajo aquí y nos llevó un rato o dos más de lo que sería aceptable en darnos cuenta de que este NO era un templo budista, sino hindú. El final feliz es que con nuestra increíble capacidad de observación y tras cruzarnos unos cuantos Vishnus y Ramas nos hizo click el cerebro…pero oye, muy contenta de habernos equivocado y haber terminado ahí .

Al final encontramos el templo unos pasos más allá y volvimos a completar los rituales de etiqueta, que era similar: fuera sombreros y vuelta a cubrir esas obscenas rodillas, que van por ahí provocando cual oscuro objeto de deseo. Aunque en mi caso lo de oscuro es eso que llaman aquí wishful thinking y que es un concepto que no sé como traducir…¿hacerse ilusiones?

A pesar de ser un templo muy reciente (2007) el Templo de la Reliquia del Diente de Buda (se han quedao a gusto…)  es un punto de peregrinación debido a un detalle crucial que igual ya habéis adivinado por el nombre en clave: tienen un diente de Buda. Cuando Siddharta, el primer buda, logró alcanzar el Nirvana y romper su ciclo de reencarnaciones y encontrar la muerte verdadera (guiño friki: como en True Blood), sus seguidores repartieron los restos de su cadáver quemado, que por alguna extraña pero seguramente lógica razón fue dividido en 28000 restos de esencia, y un diente. Dicho templo no solo tiene unas 30 muestras de esa esencia, sino que además tiene…¡el diente! Y, ostias, si el Ratoncito Pérez se hubiese esmerado un poco y le hubiese dedicado a cada uno de mis dientes la mitad del oro que se le ha dedicado a ése yo no tendría que volver a trabajar ni en esta vida ni en todas mis reeencarnaciones futuras.

El templo del diente son 5 plantas impresionantes que contienen miles de minibudas, esculturas muy interesantes, un pequeño museo, un cilindro enorme para hacer trampa en las oraciones (cada vez que lo giras es como si dijeses un verso pero sin decirlo; eso en mi pueblo es hacer trampa, y ejercicio innecesario), un montón de ofrendas florofrutales, un espacio de meditación y por supuesto, las reliquias. Además, tuvimos la suerte de ver un trocito de ceremonia budista con sus cánticos, sus inciensos y sus monos naranjas. Curioso de ver, pero con esto de ser tan poco espiritual me hace tener la sensación de que hay algo que no pillo y que como toda buena unión de turismo y religión, el templo acoge más billetes que almas.

En un descanso del templo (os lo recuerdo, 5 pisos) fuimos a comer por una de las callecitas del barrio, con miles de tiendecitas y puestos y otro Hawker en mitad de la calle. Otra cosa buena de estos sitios es que cada uno puede pedir en un puesto diferente pero comer juntos en la misma mesa. Me encantaría recordar todo lo que he comido y bebido estos días porque creo que sólo he repetido la misma cosa una vez. Ese día comimos cerdo charsui, ternera alnoséqué, zumo de lima, agua de castaña y un postre delicioso de cuyo nombre no puedo acordarme y cuyo contenido nunca llegó a quedar claro del todo. Con el tiempo he aprendido que uno de los ingredientes (soursop en inglés) es un primo hermano de las chirimoyas esas que se crían en Motril pero eso es todo lo que sé. La última experiencia antes de dejar Chinatown fue probar una cucharadita de helado de Durian, y creo que aún se me está repitiendo el sabor…de verdad que yo no sé en qué pensaba el primero que olió eso y aún así se acercó a hincarle el diente…

Dejamos Chinatown sudados y pegajosos, que junto con el pelo a lo Mónica en Hawai (si no lo entendéis ya estáis tardando en ver Friends) viene a ser el estado natural de los seres vivos en este clima, así que fuimos a darnos una duchita antes de proseguir con nuestro plan. Primero, cena en otro Hawker Centre que contrastaba infinito con los mega rascacielos que lo rodeaban. Menú: zumo de fruta de dragón, zumo de melón, y arroz con vegetales y salsa de anacardos. Ñamñam. Segundo, un paseo hasta el parque Merlion pasando por algunos de los hoteles mas suntuosos de la ciudad. Todo muy enorme, majestuoso y apestando a dinero por los alrededores hasta que llegas a Merlion y te das cuenta que el nombre de parque le viene un poco grande…es un triangulito de asfalto con escaleras a la Marina y una fuente blanca con forma de león. Al parecer lo del león como símbolo de la ciudad se debe a que Singapur(a) significa algo así como el sitio del león, y es que a alguien importante una vez hace muchos siglos le pareció haber visto un león. Se cree que en realidad era un tigre, básicamente porque por esta zona no hay ni ha habido nunca leones y porque si ves la forma en la que el «león» era originalmente dibujado te das cuenta de que no habían visto uno de verdad en su vida…

Y con este dato curioso termina nuestro segundo día singapureño. Fundido en negro y a la cama.

P.S. Todas las fotos son horribles porque tienen demasiada luz, pero es lo que hay…

0

Un comentario sobre “Día 2. La ciudad del León

  1. Todas las religiones y lugares de fe acogen más billetes que almas, es así…
    Tiene que ser espectacular para la vista pasear por esos sitios y ver lo diferente que es a Europa.

    0

Deja un comentario