Día 3. Shopofobia en Singapur

Día 3. Shopofobia en Singapur

Shopofobia en Singapur – o cómo hacer que el título de tu entrada suene a peli americana de sobremesa del domingo en Antena 3…

Como ya venía siendo habitual, el día comenzó con café y tostadas de mermelada escocesa, que es algo que a mí me chirriaba un poco por eso de estar a unos 11000 km de su origen, qué carajo pinta esa mermelada escocesa allí a tomar por culo, lejos de su familia y amigos. Pues a lo mejor es que no estaba tan lejos de su comunidad como yo pensaba…mas que nada porque terminamos la mañana en una cafetería escocesa en los jardines de la catedral cristiana de San Andrés (patrón escocés) con Fergus hincándole el diente a un Steak Pie (una de las delicias, ejem, de la gastronomía escocesa: empanada de filete de ternera).

Vuelvo a repetirme, lo sé, pero la mezcla de culturas en este mini país es impresionante. Porque entre bocado y bocado escocés pasamos la mañana en el barrio de Little India. Como aquí no se calientan mucho la cabeza con los nombres pues se entiende que viene a ser eso…una pequeña India en mitad de Singapur. Con sus mercadilos de frutas increíbles (cuyos nombres anoté pero no hay narices de descifrar mi letra…), pescados y carnes, especias de colores, suntuosos trajes indios (¡que casi me pillo uno to’ sexy para ir de boda!), complementos, y por supuesto, nuestra principal atracción durante todo el viaje…¡puestos de comida y bebida!

No es posible describir con palabras, ni siquiera con imágenes, la riqueza de los aromas, los sonidos del trajín del día a día mezclados con los ires y venires de turistas despistados, el vibrante colorido que inunda todo, ya sea telas, templos, o edificios, y por supuesto….los sabores! Aún es un misterio para mí como no he vuelto rodando de estas vacaciones…Pero eh, no es mi culpa, es de la sabiduría popular, que dice que allá donde fueres haz lo que vieres y yo no dejaba de ver a gente comiendo y bebiendo. Todo sea en aras de la integración, la unica razón por la que 30 minutos después de desayunar nos estábamos zampando un café helado pakistaní y un lassie de fresa. Si no recuerdo mal, eso son fresas batidas con yogur azucarado y el sabor…como ya he dicho, indescriptible. Pero indescriptible tirando a dulce…

Después de recorrer las calles de Little India y hacer alguna que otra adquisición en el mercadito, nos dirigimos hacia la parada de bus para ir al Museo de Civilizaciones Asiáticas (si íbamos andando corríamos peligro de convertirnos en vapor…igual por eso hay tanta humedad, es otra gente que ya se ha derretido y posteriormente gasificado por no coger el bus con su aire acondicionado…). Allí se me acercaron tres chavalillos que estaban haciendo un trabajo de clase para encuestarme sobre mis impresiones de Little India. Y aún no tengo muy claro el porqué, la encuesta terminaba con una foto con ellos, así que mi careto sudado anda ahora mismo rulando por algún instituto singapuriense. Mi minuto de gloria, oh yeah.

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No, esa no soy yo con los chavales. Es la artesanía local hecha rotonda.

El bus nos dejó cerca del museo y nuestro plan era comer por esa zona, así que decidimos explorar los centros comerciales de los alrededores pero cuándo ves que lo más barato que venden es un Cartier pues terminas comiendo en una iglesia escocesa…

Al llegar al museo nos pensamos un poco si entrar o no porque eran unos 12 euros y no teníamos ni idea de lo que nos íbamos a encontrar ahí dentro. Pero afortunadamente decidimos entrar…allí se nos fue la tarde y nos faltó tarde porque al parecer los trabajadores de vez en cuando tienen que cerrar e irse a sus casas con sus familias a descansar y tal (aunque me da la sensación de que eso de descansar del trabajo no es algo que se lleve mucho en Singapur…).

Incluyendo desde los bienes recuperados del naufragio de un mercante chino de tiempos de la dinastía Tang  hasta la historia de la mítica ciudad de Angkor, pasando por artes escénicas, mobiliario, pergaminos, esculturas, elementos de diferentes religiones, etc., las numerosas salas de este museo viajan a través de epocas y civilizaciones por el contienente asiatico.

Cuando nos echaron (literalmente) de allí nos fuimos a cenar otra vez al centro comercial de la primera noche porque nos quedaba más o menos cerca y porque recordábamos haber visto un montón de sitios de comida con muy buena pinta….Bueno, pues al final nos rendimos, pero no sin antes haber pasado por unos 14 sets de escaleras mecánicas, una infinidad de cartelitos de «ahora está usted en la zona amarilla», tiendas en la zona roja, carteles de «ahora está usted en la zona azul», tiendas en la zona amarilla, y carteles de «ahora está usted en la zona roja» y otros 25 sets de escaleras mecánicas. Terminamos asumiendo que habíamos imaginado esos sitios de comida (la clásica alucinación colectiva) y nos sentamos en un tailandés, el Omnom thai – Massaman Chicken Curry, Pad Thai, limonada con citronela y bundung, una bebida de color rosa chicle tan deliciosa que de solo olerla se te disparan los niveles de glucosa y cuya compleja receta consiste en mezclar leche condensada con sirope de rosas. Que el principal problema de salud de Singapur sea la diabetes ya no tiene ni misterio alguno…Por cierto que con tantos zumitos de colores de estos he vuelto con un mono importante de azúcares varios….si al final va a ser más sano comer chocolate…

Tras la cena, Fegus volvió a casa de su amigo a justificar que el mando de la Play se hubiera recorrido 11000 km con nosotros y yo me quedé dando una vuelta por la zona de marcha de Clarke Quay, que se parece a casi todas las zonas de marcha del mundo: pubs, música, gente contentilla y relaciones públicas a patadas….Eso sí, tratándose de Singapur, la zona estaba obviamente rodeada de centros comerciales y cubierta con un ostentoso techo de luces. Lo que les mola a esta gente un juego de luces no es normal…

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Qué transicion tan currada…ni se nota cuando se reinicia el gif…

De camino a casa pasé por Fort Canning, que es la ley del mínimo esfuerzo hecha parque, la quintaesencia del sagrado mandamiento de la pereza, el ingenio del ser humano puesto al servicio del ahorro kilocalórico. Una escalera mecánica. Para subir a la colinita microscópica de un puñetero parque han instalado una escalera mecánica. Años te terapia me va a llevar asumir eso…

(Inciso: alguien cuya primera lengua no es el inglés pensaba que canning y caning eran la misma palabra hasta que un sabio traductor expuso el error. Eso explica porque paso a hablar de canning a caning como si fuesen la misma cosa. Cuando claramente son palabras taaaaaaan distintas…)

Por cierto, para los ignorantes de la vida como servidora que no sepan lo que es eso del caning, preparaos que vienen curvas. El caning es un castigo bastante extendido hoy dia en Singapur como complemento a la prisión y…¿Cómo lo describiría?

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Imagina un oficial sujetando (y usando) una vara. Ahora se entiende el bajo nivel de criminalidad en este país.

Qué tiernos estos singapurienses…tan sofisticados y avanzados para unas cosas y tan «no hemos oído hablar de eso que llamáis derechos humanos y practicamos el caning y la pena capital a homosexuales» para otras…En fin, imagino que son cosas que pasan en democracias unipartidarias…

De Fort Canning me fui a Harbour Front, o Primera línea de puerto, porque con ese nombre y mi agudeza leyendo mapas estaba claro que esa parada de metro debía dar al puerto. Error. Si habéis estado atentos a otras entradas ya sabéis a donde daba. ¡Bingo! ¡A un centro comercial! Vivo City. Os aseguro que no le han puesto lo de City a la ligera…qué monstruosidad de sitio…y cuando por fin conseguí salir de ahí fue para dar a otro centro comercial al cuál estaba unido sin oportunidad alguna de pasar por el mundo real…Un par de veces llegué a un parking subterráneo y otro par de veces a carreteras incruzables, pero de puerto, nanai. Para mitigar mi desconsuelo ante la perspectiva de pasar el resto de mis días en un centro comercial (estos miedos empezaban a ser una constante en el viaje) me pedí un helado en el único sitio que quedaba abierto. Toda una aventurera, perdida en un centro comercial comiéndome un cono verde del McDonalds. Por lo menos tenía un cono verde (tuve mis dudas de si era comestible…espero que lo fuese porque no quedaron ni las migas del dulce cuerpo del delito…).

De algún modo me las arreglé para volver a encontrar la entrada del metro y volver a nuestra casa (prestada) a tener oscuras pesadillas reflejando mi nueva condición de centrocomercialofóbica.

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