Día 7. Bofetadas de realidad: la llegada a Bali.

Día 7. Bofetadas de realidad: la llegada a Bali.

Para la segunda semana de nuestro viaje asiático habíamos decidido explorar un poco más el continente y visitar alguno de los países de los alrededores, pero ninguno era tamaño Singapur, pequeñito y manejable para una semana (excepto Brunei, pero yo aún no sabía de su existencia), así que decidimos centrarnos en una isla nada más y elegimos Bali. Mis criterios fueron el tamaño, cercanía a Singapur, y el equilibrio entre cultura y paraíso tropical. El criterio de Fergus creo que fue la posibilidad de contestar a todas mis preguntas diciendo «Bali» en lugar de «Vale». No está de más aclarar que su criterio casi hizo que me replanteara los míos para buscar una isla sin posibilidad de chiste fácil. Pero al final seguimos adelante con la idea, y allá que nos plantamos aquel 16 de junio.

Nuestro avión (Scoot) llegó a Bali con algo más de una hora de retraso y nos dio una idea de lo que este país iba a ser cuando el piloto dijo: «hemos llegado prácticamente a la hora prevista«. Al salir del avión y pasar por aduanas, inmigración y demás (diligentemente colocados en la fila de «extranjeros» ) tuvimos la segunda bofetada de realidad: a pesar de haber leído y releído y requete-aprendido cuáles eran los taxis oficiales, nada más llegar nos dejamos timar por una empresa de taxis recomendada por Información del Aeropuerto (muy bonito, por cierto), que nos clavó 17 eurazos por un trayecto de 15 min. Algo más de 6 veces el precio normal, según aprendimos al llegar al hotel…Que por cierto, antes de entrar al hotel nos llevamos la tercera bofetada: el alojamiento estaba justo detrás del aeropuerto (de ahí el nombre, Grandmas Airport) pero es imposible llegar andando porque el diseño de las carreteras y la subsiguiente acomodación del trafico rodado parecen obra del mismísimo satanás.  Los conceptos de carriles, reglamentos, señales o pasos de cebras parecen ser totalmente desconocidos por los locales, y la simple acción de caminar por la ciudad se considera tentativa de suicidio. Suicidio alienígena, ya que éramos los únicos seres a dos patas. Al parecer en Bali la población que carece de coche ha desarrollado una Scooter en sus cuartos traseros.

Volvemos a la historia, y al taxi, y al señor taxista, que de repente se ha parado en la puñetera mitad de la circunvalación con coches circulando en ambas direcciones (¿mediana?, ¿qué dices qué es eso?), se ha bajado del coche y va y extiende su mano cual Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo y CRUZA la circunvalación toreando coches con una mano e indicándonos que le sigamos con la otra. Y obviamente, le seguimos, primero porque estábamos demasiado acojonados para elaborar pensamientos propios; y segundo porque no hay mas cullons: el hotel está al otro lado, y delante el señor taxista con nuestras maletas.  Me gustaría decir que nuestras experiencias con el tráfico mejoraron con el tiempo pero tengo que decir la ciudad de Kuta no me gustó nada y creo que tiene mucho que ver con este tráfico sacado de Carmageddon.

Decidimos tomarnos la tarde tranquilita, así que después de comer un delicioso pad thai y un suculento no me acuerdo, regados con zumos de frutas exóticas (nótese el uso de «exóticas» como eufemismo de otro «no me acuerdo») tocó una tardecita de masajes a cuatro manos, piscineo y paseos relajantes. O todo lo relajante que se pueda pasear al lado de la circunvalación, porque estaba claro que no íbamos a cruzarla una segunda vez ese día. Además, el hotelito era muy mono, con plantas colgantes, piscinita en jardincito con pajaritos, todo muy «ito», a lo Ned Flanders.

Grandmas Airport, Bali.
Grandmas Airport. Pero qué nonito que era todo.

Después de tanto hostel de mala muerte, quedarme en un hotel así de posh genera dilemas morales en mi cabeza, que no sabe ser feliz a gusto y siempre necesita encontrar alguna mini-rayada para entretenerse. Por un lado, sé que Bali vive del turismo y que el dinero que dejamos ahí es apreciado, pero por otro me resulta muy difícil el ser tratada con deferencia como si yo valiese más por tener más dinero (como yo trataba a los pijitos de turno del Glasshouse). En Indonesia los pijos éramos nosotros, aunque no terminas de darte cuenta del todo cuando estás pagando menos de 2 euros por un cóctel o 10 por un masaje de dos personas…

Pad thai
Pad thai. Lo que viene siendo un arrocico con tortilla a lo indonesio.

Pero oye, a todo lo bueno se acostumbra una (si hay que hacer el esfuerzo, se hace), así que para la cena repetimos ahí (nasi goreng y pollo satay), después de un intento fallido de encontrar un restaurante en los alrededores que abriese tarde y que no exigiese sacrificios humanos (osease, a este lado de la circunvalación). Aun así, el paseo no fue infructuoso del todo ya que encontramos un cajero (hay a patadas) y un montón de bichitos graciosos (pajarillos, salamanquesas, etc.) y otros menos graciosos (polillas, cucarachas,…). La clasificación basada en el nivel de gracia usa el sofisticado criterio de que es eso es así porque lo digo yo.

Salamanquesas en valla publicitaria
Aquí a las caras de de las vallas publicitarias no hace falta pintarles bigote…

Obviamente, no vimos a un solo viandante despistado y temerario como nosotros. De hecho, todos los taxis que pasaban por nuestro lado desaceleraban para preguntarnos si necesitábamos que nos llevasen a algún sitio: la idea ver gente paseando sin más debe ser para ellos algo así como cuando yo veo gente corriendo maratones: ¿pero de verdad que nadie les persigue? ¿que hacen eso por gusto? ¿por el gusto de que te duela hasta el DNI y te salgan ampollas del tamaño de peces globo? ¿O es que eso a otros  seres humanos no les pasa?  Si yo hubiese sido agraciada con el cuerpo de modelo que le pedí a los reyes magos iba a salir a correr el borrico de Fray Perico…

Ups, me he desvíado por los cerros de Úbeda otra vez con mi diatriba antimaratoniana (en verdad es todo envidia), cuando yo sólo quería contar que en nuestro paseo dimos con un supermercado llamado Circle K donde tenían patatillas hechas de cosas que no eran patatillas (yo compre algo llamado Cassava) pero que enganchaban y engordaban igual…

Aquí lo dejo por hoy que mañana es mi cumple (en la cronología de la historia del viaje, en la vida real casi estamos ya más cerca del siguiente…) y tengo que contar la aventura…Giliera? Giliana? Giliesa? Mejor dejo de escribir el prefijo Gili- antes de que se me vaya de las manos, porque además hoy tengo unas ganas considerables de insultar y/o romper cosas (si andáis en busca de motivos, escribo esto un 3/12/18, recién publicaditos los resultados de las elecciones andaluzas…)

¡Nos vemos en Gili para la próxima entrada!

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4 comentarios sobre “Día 7. Bofetadas de realidad: la llegada a Bali.

  1. Aunque te sigo por Feedly, he tenido que entrar para mostrarte mi apoyo con tus opiniones sobre las maratones. No entiendo la gente que dice que el deporte es salud… cuando es la eleccion voluntaria (masculina, al menos) más dolorosa que existe. En ese mismo hilo de pensamiento, deberíamos darnos martillazos en los dedos, por que es sanisimo…

    Seguimos atentos a vuestras andanzas asiáticas!

    Un abrazo a Fergus! ( lo de Bali/ vale me ha parecido sublime… toques de genialidad…)

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    1. Gracias por la primera parte del comentario…. La segunda me ha llevado a tener que escuchar un «See? You don’t appreciate my genius! But he’s encouraging my jokes». Imperdonable. 😛

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    1. Es que si recordamos un poco de historia, el primero que hizo eso la palmó al terminar, ya que cada uno saque sus conclusiones…

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Día 7. Bofetadas de realidad: la llegada a Bali.