Día 9 en Bali: de vuelta a Kuta

Día 9 en Bali: de vuelta a Kuta

En el post anterior decía que éste era un día un poco vacío, y es cierto porque es difícil hacer planes con la pachorra que tiene esta gente (y digo pachorra como eufemismo de tener los huevos cuadrados y en lugar de sangre, horchata…). Se supone que teníamos que coger el barco de vuelta a las 10.15 así que después del suculento desayuno que ya describí ayer caminamos hacia el puerto y esperamos. Y esperamos. Y luego esperamos un poco más. Y después nos turnábamos para quedarnos con las mochilas cerca del embarcadero mientras el otro paseaba para no volvernos locos. Así seguimos esperando otros cuantos ratos más observando el ir y venir de los turistas y el trajinar de los locales, que descargaban los sacos de los barcos echándoselos a la cabeza…El esternocleidomastoideo de los indonesios debe estar hecho de otra pasta muy diferente a mis músculos, si no, no se explica que esta gente pueda llevar ofrendas, sacos, y cestas enormes encima de la cabeza sin sujetarlas con nada en un alarde de equilibrio sobrehumano.

Balengku dua
Este es el hogar paradisíaco que abandonamos temprano para ir a esperar al puerto…

Perdida en estos pensamientos estaba yo cuando finalmente nos tocó embarcar desde un puente móvil (y recalco lo de móvil, yo llegué ya mareada al barco…) desde el que se podían ver tortuguitas ahí justo al lado. Y nosotros haciendo snórkel con unos pepinos de mar…sin desmerecer a los pobres pepinos que ya tienen con lo que tienen…

En el barco conseguimos un asiento donde nos daba mucho el aire (y el agua) lo cual, junto a las vistas de Lombok primero y luego de Bali y sus mini-islotes y volcanes, hicieron el viaje mucho más divertido. Eso, y el haber digerido el desayuno unas siete veces durante la espera…buscando el lado positivo de las cosas cual jovencito Paulo Coelho.

Buscando el lado positivo de las cosas en el mar

Llegamos a un puerto diferente, Padang Bai, y desde ahí un taxi de la empresa de barcos Gili Gili (usamos ésta para la vuelta y Gili Getaway para la ida) nos llevaría de vuelta al hotel. Los 5 minutos a pie desde el barco hasta la puerta del taxi fueron una odisea total: millones y millones y millones de taxistas (no, no creo que esté exagerando) nos ofrecían llevarnos y gritaban Gili Gili (el nombre de la empresa con la cual ya teníamos taxi contratado y pagado) para que creyésemos que eran ellos…Pero aún hubo más: cuando llegamos a nuestro taxi y después de que alguien ya nos hubiese confirmado como pasajeros, un chico de la empresa nos ayudó con las mochilas, nos pidió los datos para confirmar que éramos los pasajeros de Gili y Gili y nos explicó que como éramos varios en el coche tardaríamos unas cuatro horas en llegar al hotel pero que si queríamos él podía conseguirnos uno privado que tardaría sólo hora y media. Y de lo que voy a decir estoy muy orgullosa porque por una vez y sin que sirva de precedente no nos dejamos timar. La pista fue por un lado pensar que de Padang Bai a Kuta no hay cuatro horas por muchos pasajeros que hubiese que dejar, que tampoco íbamos en un autobús, y por otro que el «suplemento» para el taxi privado era 400.000 rupias que es casi lo que te cuesta alquilar un coche con conductor el día entero…

Ahí me di cuenta de dos cosas: de que a pesar de la fama picaresca de los españoles somos claramente unos pardillos al lado del ingenio de esta gente y de que mi cosa super favorita de Gili es que los coches no estaban permitidos. Bicis y alguna que otra scooter apagada (aún me pregunto cómo se movían pero juro que no sonaba ningún motor…) pero ni un solo coche. Este sentimiento enaltecido de amar las calles sin vehículos motorizados de Gili se multiplicó por 700 durante el resto de nuestra estancia en Bali, especialmente en Kuta, que era a donde nos dirigíamos. Teníamos planes desde allí pero dados los consecutivos retrasos terminamos comiendo super tarde de vuelta en el hotel y teniendo que cancelar el plan de ir a Tirta Gangga esa tarde.

De nuevo nos veíamos con el dilema de qué hacer con esas horas que no requiriese cruzar la circunvalación y como la respuesta era nada decidimos arriesgarnos, como buenos valientes, a cruzar el río de coches. No sin antes dedicar un tiempo a concienciarnos y a despedirnos para siempre y tal, por si las moscas. En un momento y lugar en los cuáles el caudal del río de vehículos disminuyó ligeramente nos lanzamos, con la ayuda del único local pedestre extendiendo la mano desde la otra acera. Nos recibió con la cláisca mirada de «bien hecho, pobres pardillos» (yo la reconozco porque me pasa bastante) y nos dio la bienvenida a Bali. Ya sé que lo cuento como si hubiera cruzado el Amazonas a nado pero la comparación es válida debido a las altas probabilidades de ver tu último atardecer. Y hablando de atardeceres (qué bien hilado, ¿eh?), ése era nuestro plan ya que según las guías el atardecer en la playa era lo único bonito de Kuta y parecía estar cerca. Pero no sabemos si las guíass decían la verdad porque claramente el mapa mentía y el atardecer llegó a la playa bastante antes que nosotros…

El atardecer que nos perdimos porque lo pusieron super temprano….
Egor Pasko from Moscow, Russia [CC BY 2.0], via Wikimedia Commons

Frustrado otro propósito, la opción que elegimos fue dar una vuelta por Kuta a ver que se cocía por allí. Pasamos un número importante de templos típicos hindu-balineses (todos con ofrendas), definitivamente parecían demasiados para un solo barrio por muy religiosos que sean, pero un conductor nos explicaría más adelante que éstos eran templos «familiares». Según él, existen tres tipos de templos: los familiares (que la palabra templo les queda un pelín grande porque se trata de altares en patios) dónde cada día dejan sus ofrendas las familias (primos, tíos, hijos, nietos, etc.), los templos de la comunidad, que viene ser el equivalente a la iglesia de tu pueblo que da misa los domingos, y los templos importantes, los de peregrinar, que son los que nos llevan a ver a los turistas, porque son muy de foto p’al insta, pero que ellos también usan en plan peregrinación al rocío.

También pasamos un templo musulmán que estaba en pleno rezo y lo transmitía con un super megáfono altavoz ahí rollo rave pero con los versículos del corán a toda ostia animando al barrio. Y una estatua bonita pero inaccesible (en medio de una rotonda nada menos…).

Sculpture in Kuta

♩ ♪ ♫ ♬ Y sin fuerzas para cruzar, mil coches en la rotonda nos separarán ♩ ♪ ♫ ♬
(leer al ritmo de «La carta» de Héroes del Silencio)

Terminamos el paseo en una tienda de souvenirs (Krisna) que es considerada una landmark en sí misma, con página en tripadvisor y todo. Para que os hagáis una idea de la importancia de este establecimiento sólo diré que tenían empleados contratados para sacar la manita y detener el tráfico (eso que de normal hace un semáforo) para que la gente pudiera cruzar viva hasta la tienda, y más empleados a la entrada poniéndote una pegatinita con tu número de cliente. Dentro venden de todo y lo mejor es que lo hacen con un precio fijo, sin regateo. Obviamente allí mi mente empezó a maquinar cómo encontrar en ese universo infinito regalos para todos. Beeeep, error. A una persona con nivel de indecisión «haber sido apodada la chica del no sé» y que además odia comprar desde lo más profundo del curaçao esa tienda no era el mejor destino…Después de un rato viendo juguetes, ropa, zapatos, complementos, decoración, jabones, llaveros, comida, etc. no había conseguido regalos pero me había dejado el alma destruida por ahí entre las tortugas de piel de coco y los abrebotellas peniformes de colores (cuya relación con la cultura balinesa no he sido capaz de encontrar, aunque una búsqueda rápida en Google sugiere que la razón tras la venta indiscriminada de racimos de penes es que les da risilla a las turistas australianas…)

Balinese mask
Y por fin una foto de Fergus en el blog…

Para recuperar el alma perdida fuimos a lo seguro: a comer, aunque muy en la línea de Kuta esto también me decepcionó un poco y eso ya empezó a preocuparme. Una cosa es que atropellar sea deporte estrella y que comercialicen genitales de colores y otra muy diferente que en un restaurante asiático te sirvan nuggets de pollo, por ahí sí que no paso (me pregunto si terminamos por error en una especie de fastfood indonesio…)

Para redondear, esa noche fue cuando descubrimos el problema de la tarjeta sin fondos; además en nuestra ruta de vuelta inintencionalmente suicida al hotel estuvimos demasiado cerca de haberos ahorrado el suplicio de estas 100 páginas de viaje que llevo y las que queden por venir porque aunque pongas las manos los coches NO paran. Aún me da un poco de miedillo pensar en el cruce esa noche…En los últimos pasos hasta el hotel solo tenía una cosa clara: quería abanadonar Kuta lo antes posible. Ya.

A street in Kuta
Una calle de Kuta, con sus ofrendas florales y mi escasa habilidad fotográfica


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