Día 10: de camino a Ubud

Día 10: de camino a Ubud

Yeaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! Éste es el grito de felicidad que me sale porque me acuerdo que por fin abandonamos Kuta, no sin antes ratificar que lo único malo de nuestro maravilloso hotel era la imposibilidad de moverse por los alrededores sin un vehículo rodado y motorizado, cómo comprobamos al ir al cajero esa mañana. Íbamos nosotros caminando tranquilamente por la acera (o el equivalente disponible, que eran losas amontonadas sin poner…) cuando nos dimos cuenta de que éste tampoco era un espacio seguro dado que motos, cochecitos y cochetazos lo usaban para adelantar posiciones en el tráfico de la circunvalación. Como un adelantamiento por la derecha, pero por la acera…qué poco se quiere al peatón en esta ciudad…

Una última cosa y puede que despúes deje de quejarme del tráfico (pero no prometo nada): el taxi que pedimos esa mañana en el hotel para ir a Ubud tardó horas en venir a recogernos porque al parecer el tráfico estaba un poco peor de lo normal (no me da el cerebro para imaginarlo) y además nada más salir del hotel vimos un cuerpo en la acera junto a una moto…Resumo y termino: el tráfico en Kuta no mola nada. Cero. Menos catorce.

Antes de ir a Ubud nos zampamos un desayuno de reyes…qué digo reyes, faraones egipcios, confirmando que definitivamente aquí los pijos eramos nosotros. Y yo sin mis náuticos ni mis perlitas…aunque la verdad es que no me hicieron falta para meterme entre pecho y espalda una baguette (francesa) con huevos pochados (británicos) cubierto de salsa (holandesa) y bacon de ternera (balinesa) con café, fruta fresca, pastas, zumo…pa’ quedarse con hambre era el desayuno. No nos vino mal porque nos dio tiempo a digerirlo mientras esperábamos al taxista.

La cantidad de gente que vive en Bali del turismo es abrumadora, pero aún así el elevadísimo número de taxistas freelance hace que no sea fácil conseguir trabajo cada día. Por eso los conductores tienen sus «truquitos» (si fueran menos majos igual lo llamaría estafa) y se basan en que un viaje entre un punto A y un punto B (cuyo precio ha sido previamente acordado) incluye una serie de paradas (comisiones) relativamente opcionales en lugares de interés. El turista ve cosas interesantes y el conductor se hace con una ayuda extra y todos ganan…menos la gente que va con prisa. ¿Os imagináis que le pedís a un taxista que os lleve de Granada a Málaga y os pare a ver las cuevas de Nerja y a la fábrica de la San Miguel? Pos eso. Que muy bien, pero es raro. Pero bien. Pero muy raro. Ya he entrado en bucle, se me raya el cerebro a veces después de escribir 17000 palabras de pajas mentales en forma de blog.

Volviendo al lío, el conductor (cuyo nombre debería haber anotado en vez de pensar «sí, hombre, claro que me acuerdo») nos habló del carácter artístico de Ubud. En Ubud florece la artesanía agrupada en calles o barrios que pertenecen a gremios modernos: calles de joyeros, de escultores, de pintores, etc., convirtiendo el centro de la ciudad en un mercadito de tiendas artesanales y galerías mostrando la delicadeza y calidad del arte balinés. De hecho, a la entrada de Ubud nuestro condu nos llevó a conocer una de esas que joyerías artesanas (que no tenía absolutamente ninguna relación con él y fue totalmente elegida al azar, guiño guiño). Así que totalmente sin ánimo de lucro nos hicieron un micro-tour donde pudimos intuir cómo convertían la plata en los bellos e intricados diseños expuestos en la tienda, que por algún motivo era donde terminaba y se explayaba el tour. Cinismos aparte, me alegro de que nos llevase ahí porque nunca antes había visto trabajar a un orfebre y menos aún a toda una familia, y merece la pena verlo y asociarlo a la belleza de los resultados.

La segunda parada del camino fue aún más interesante porque no todos los días de tu vida tienes el placer de beber café cagado. Nop, no es una errata, café cagado es exactamente lo que quería decir. ¿No habéis oído hablar de ese Kopi Luwak que es el café más caro del mundo porque lo ha cagado un bicho? Pues ése. Voy a explicarme un poco a ver si así da menos asquito, y presumo de todo lo que aprendí en el tour que iba yo muy atenta:

Kopi significa café y Luwak es el nombre del bicho implicado, que al parecer en español se llama civeta. A mí ese nombre tampoco me dice nada, pero es un mamífero que habita los bosques de Bali, Java y alrededores y que parece una mezcla de gato, rata, lemur y comadreja. Aproximadamente. El análisis genético a ojímetro es una ciencia algo inexacta. Al parecer el bicho es un sibarita y solo come ls mejores granos de café, y nunca si éstos han sido tocados por un humano, por lo tanto y en teoría la idea de tenerlo en cautividad para alimentarles con las bayas y recoger los frutos (cagados) no funcionaría. O esto fue lo que nos contó el chico que nos hizo la visita, después he leído por ahí que dado el desorbitante precio al que se vende este café, las granjas de Kopi Luwak están multiplicándose de forma incontrolada y basándose en el cautiverio y la alimentación forzosa de las civetas. Pero prefiero asumir que nuestro guía no era un trolero y que el animal que nos mostró estaba allí temporalmente y no capturado para comer y cagar (que dicho así tampoco es un plan tan terrible).

Luwak
Éste es el bicho con la mierda más valorada del mundo.
Desak nyoman diah kusuma [CC BY-SA 4.0], from Wikimedia Commons

Bueno, vuelvo a mi proceso cafetero que me va a durar contarlo más de lo que se tarda en hacerlo…retomo: el bicho se come las bayas y las defeca (me he vuelto fisna) en el bosque, donde los trabajadores las recogen y las traen de vuelta a la granja. Allí se lavan bien, se tuestan a mano (quién dice a mano dice dándole vueltas con una paleta en una sartén) y se pelan. Osea que el Luwak se ha comido toda la baya pero con lo que se hace el café es con el grano pelado…así ya da un pelín menos de asquito. Según nos contó nuestro guía los trabajadores se van rotando, así que él una semana hacía de guía, otra recogía caquitas y otra la tenía libre. Nos explicó que la jornada laboral de recogida de excrementos es larga y muy dura y que el salario de esos días depende de las cantidades obtenidas. Todo esto nos lo contó con mucha penita en la cara y nosotros nos sentimos muy mal por estar pagando 4 euros por un café que él decía que no podía permitirse porque era un como 5/6 de su salario diario. Después he calculado y el precio de un Kopi Luwak en Reino Unido también es un 5/6 de mi salario diario. No estoy insinuando que sus condiciones laborales fuesen óptimas e inmejorables, para nada, pero no tan horribles cómo tu cabeza escucha cuando te dicen que no se pueden pagar ni un café…Dicho ésto, yo diría que no les vendría mal un sindicato porque la granja desde luego hace mucho mucho mucho más de lo que paga…eso nos quedó claro cuando pasamos por la tienda (yep, fin del tour; 7 euros por 200 gramos de café soluble de vainilla).

Durante el rato que estuvimos de charla con el guía aparte de beber el café Luwak que habíamos pagado, también nos trajeron una bandeja con 15 vasos de tés y cafés y chocolates (y el tamaño de los vasos era más de agua que de chupito…) de exóticos y deliciosos sabores (café de vainilla, de avellana, de jengibre, de durian, té de mangosteen, de rosas, etc.) y un bol de banana frita. Todo gratis. Gratis para que te molen y compres, pero gratis. Así que salimos de alli finos otra vez…Por cierto que esta dieta de comer y beber todo el día sin parar y sin medir me hizo perder dos kilos (no sufráis, los volví a encontrar de vuelta a salvo en su sitio, no me dio tiempo ni a echarlos de menos).

He aquí un mangosteen (acabo de aprender que en español se llama mangostino, el mangostino de toda la vida…). Basile Morin [CC BY-SA 4.0], from Wikimedia Commons

Continuamos nuestra ruta hacia Ubud (que en teoría estaba a una hora y diez en coche pero que nos había llevado toda la mañana…) viendo como cada kilómetro sumaba un litro cayendo del cielo, hasta que llegamos a la ciudad a tiempo de ver comenzar el diluvio universal (y ya puestos nos quedamos hasta el final…).

Como ya he dicho (creo), Ubud es una ciudad un poco bohemía, artística y, según Julia Roberts, «sanadora». Si habéis visto la peli «Come, reza, ama» recordaréis que está ambientada en Ubud, a menos que os durmiérais 3/4 partes del tostón como hice yo…concretamente en Ubud tiene lugar esa escena donde un curandero le escupe a Julia Roberts para «curarla». Diría que es una de las pocas partes salvables de la peli pero es que es un dramón romántico de esos que me dan calambres en el estómago así que mi opinión está un poco sesgada…

Bueno, pues tras los pasos de Julia Roberts han llegado a Ubud un buen número de «yoguis» buscándose a sí mismos y Ubud ofrece todo tipo de masajes, cursos de yoga y otras formas de conectar con tu yo interior. Que a mí todo esto me la pela un poco porque mi yo interior es un poco cabroncete y paso de conectar más allá de lo justo y necesario…Rebajando un poco el nivel de espiritualidad, las calles alternan las galerías de arte y los centros de yoga con tiendas de Havaianas y French Connection. Aunque también hay un mercadito y muchas tiendas de artesanía donde sí que merece la pena buscar regalos, además de restaurantes, templos y un bosque sagrado – santuario de monos. Como véis, así de entrada Ubud ya le va ganando a Kuta por goleada en todos los aspectos, excepto por ese detalle tonto, tontísimo, de esas lluvias torrenciales un poco perdidas que se habían decidido a descargar en Ubud en plena estación seca…

Volviendo a la historia principal (que alguna vez la hubo), el conductor nos dejó en la puerta del hotel Ubud Terrace, que al parecer consta de una serie de edificios dispersos y al nuestro lo habían plantado en mitad de la jungla…desde recepción a nuestro edificio había unos diez minutos andando, subiendo y bajando escaleras sacadas de Indiana Jones y el templo maldito. Y cuando digo escaleras, en verdad quiero decir pequeñas cataratas asesinas, que es en lo que se habían convertido con la que estaba cayendo. Mirándolo por el lado positivo, pudimos ver un montón de ranitas de paseo, lo cuál es sorprendente porque a esas alturas yo me esperaba ver peces y no anfibios…

Un sapo. Pero un sapo de Bali.

Estaréis pensando que este es un ejemplo de la clásica exageración andaluza, pero no lo pensaríais si hubiéseis estado allí chopados hasta la médula y buscando señales hacia el arca de Noé…

Una vez completada la etapa de rafting hasta nuestra habitación empezamos a fliparlo porque el hotel molaba infinito + 1. Aparte de estar en mitad de la jungla, que eso ya da tela de puntos, era una auténtica pasada: un poco rústico, un poco moderno, todo en su justa medida para ese entorno, con un diseño encantador y una terracita cubierta desde la que ver la lluvia caer. En esa terraza pasamos un buen rato degustando nuestra bebida de bienvenida, apreciando la belleza del lugar, y rezando a mi (ineficiente) monstruo espagueti volador para que dejara de llover. Cuando aceptamos que los rezos de una atea y un agnóstico igual no iban a funcionar demasiado bien, nos enfundamos toda la ropa medio calentita que teníamos (poca) porque hacía fresquete y salimos a comer. Y un poco involuntariamente también a bucear cascada arriba por la escaleras del hotel. No quiero ponerme chula pero solo diré que cuando pasábamos delante de otras habitaciones la gente aplaudía nuestra valentía (también conocida como insensatez o hambre).

El calabobos que caía cuando llegamos a Ubud…

La tarde la pasamos como ya he mencionado antes: paseando las calles de Ubud empapados hasta los huesos. En algún momento compramos uno de esos chubasqueros/ bolsas de basura que sólo están legalmente permitidos si eres un turista. Gracias a las habilidades de regateo de Fergus solo nos costaron 3 libras cada uno…Sí, 3 libracas por un cacho’ plástico, qué pasa, el aprendizaje es lento pero seguro…

Volvimos al hotel y nos cambiamos, despojándonos de unos bultos de tela mojados que no volvieron a secarse en el resto del viaje (lo mismo se aplica a mis únicas zapatillas…). Cuenta la leyenda que alguna chaqueta aún anda por ahí apestando a humedad por los rincones. Lo peor es que de esta manera tan estúpida nos quedamos sin nuestras únicas ropas de medio abrigo…¿por qué quién espera pasar frío en un paraíso tropical? Y ahí es cuando te arrepientes de no haber metido más por si acasos y menos bikinis…

Después de cenar (sinceramente no recuerdo el qué, que ya hace bastante tiempo y he comido mucho después, más de lo que mi cinturón quisiera) nos sentamos en nuestra terraza cubierta a disfrutar de la naturaleza, oler la tierra mojada, escuchar la incesante luvia, el rinrin de los insectos en la noche, el Despacito de Luis Fonsi…Whaaaaaaaat? Sí, amigos. A nuestro adorable y recóndito hotelito en mitad de la puta jungla llegaba la música salsera de algún club de Ubud con pésima insonorización que me desalineó todos los chakras…Afortunadamente la habitación sí que contaba con protección antireggaeton y dormimos como angelitos a la espera de otro día cargadito de aventuras…

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